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Jueves, 17 de mayo de 2012 | 11:09
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China: el país del hijo único se hace mayor
El país con más habitantes del mundo se debate entre mantener o no la política del hijo único ante el envejecimiento de la población
Chengdu Eva Queralt 19/05/2011 La República Popular, el país más poblado del mundo, se enfrenta a una crisis demográfica por el rápido envejecimiento de la población. ¿Reformar la política del hijo único ayudaría a reequilibrar la pirámide de edad o es el propio desarrollo económico el que frena la natalidad?

China ha publicado un nuevo censo realizado a lo largo de 2010, pasados diez años del anterior, que señala que la población ha alcanzado la impresionante cifra de 1.340 millones de habitantes. Sin embargo, también demuestra una tendencia que se venía intuyendo, que el crecimiento poblacional es casi nulo. Ante los problemas sociales y demográficos que este estancamiento de la población puede acarrear, la controvertida política de un sólo hijo, implantada hace tres décadas con el fin de frenar el aumento de la población y facilitar el progreso económico, vuelve a ser el centro del debate.

En la última década, la media de crecimiento anual de la población ha sido sólo del 0,57%, la mitad que el promedio registrado en la década anterior. El número de hijos por mujer en edad fértil es actualmente de 1,4, mientras que el índice que se considera necesario para mantener una pirámide poblacional estable es de 2,1. En la grandes ciudades, Shanghai y Pekín, el índice es incluso la mitad, con sólo 0,7 hijos por mujer.

La principal consecuencia de esta tendencia es el envejecimiento de la población. En el año 2000, las personas mayores de 60 años representaban el 10,3% de la población china, pero en 2010 son ya el 13,3% (167 millones de chinos y chinas), un porcentaje que en ciudades como Shanghai alcanza el 23% de sus habitantes.

Así, mientras los chinos y chinas de más edad aumentan y los jóvenes son cada vez menos, la mano de obra, tan necesaria en el actual sistema de producción chino, puede llegar a escasear. Este cambio en la estructura social provocará, además, una gran presión sobre una población trabajadora que va menguando cuando sobre ella recaerá el peso de mantener un sistema social chino en fase de expansión y la atención a una creciente población más longeva.

Ante esta situación, el director de la Oficina Nacional de Estadística, Ma Jiantang, reconocía en la presentación de este nuevo censo y de los datos que recoge, que “China deberá hacer frente a tensiones y retos en cuanto a la población, la economía y el desarrollo social”.

Sin embargo, para Zhou Minkang, director del Instituto Confucio de Barcelona, la cuestión del envejecimiento no es un problema de futuro sino que ya está aquí, por lo que el gobierno “intenta suavizarlo con políticas como la promoción de la inmigración de población joven del campo, donde ya no hace falta tanta mano de obra gracias a la tecnificación, hacia las ciudades”. Según él, el desarrollo económico del país seguirá siendo posible siempre que la mano de obra joven se traslade a las zonas urbanas e industriales, una tendencia que de hecho ya se percibe claramente en la última década: hoy el 49,7% de la población china vive en entornos urbanos, mientras que en el año 2000 era sólo el 36%.

Otra de las consecuencias de la escasa natalidad es el creciente desequilibrio de género en una sociedad que, obligada a tener un único hijo, prefiere, por la fuerza de tradiciones atávicas, que éste sea varón. A pesar de que los abortos selectivos están prohibidos, hoy nacen en China 119 niños por cada 100 niñas, mientras que en los países desarrollados el porcentaje medio es de 107 a 100, y habrá que tener en cuenta que esta escasez de mujeres será un factor más que incidirá, a su vez, en el descenso de la natalidad.

Natalidad versus calidad de vida


La ley del hijo único sin duda ha sido determinante en la evolución demográfica y económica de China en las tres últimas décadas, pero lo que queda en el aire es el efecto que tendría hoy su eliminación.

Con esta ley, grosso modo, las parejas urbanas pueden tener un solo hijo y en el campo se permiten dos si del primer embarazo nace una niña. También pueden tener más de uno las minorías étnicas, un porcentaje irrelevante del conjunto de la población de la República Popular. A partir de ahí, hay otros casos considerados excepcionales y que cada vez son más numerosos en las ciudades.

Entre las nuevas excepciones, una reciente norma en Pekín establece que se librarán de la penalización por el segundo hijo las parejas cuyos miembros sean ambos hijos únicos, la madre sea mayor de 28 años y hayan pasado al menos cuatro años desde el nacimiento del primer hijo. Hasta ahora, las parejas que tenían dos hijos en menos de cuatro años y antes de que la mujer cumpliera los 28, debían pagar como multa una quinta parte de sus ingresos anuales.

La corriente que considera que esta política ya no es el principal motivo para tener un sólo hijo, sino que la baja natalidad está ligada al progreso económico del país, se hace escuchar cada vez más. Recientes estudios concluyen que las parejas han adaptado su nivel de vida en relación a los gastos familiares que genera tener un hijo, por lo que tener dos implicaría una mengua en la calidad de vida que muchos no están dispuestos a asumir.

Zhou Minkang reconoce que los jóvenes urbanos de 20 a 35 años no tienen voluntad de tener más hijos por su elevado coste: “En primer lugar se encuentran con el alto precio de la vivienda, luego con la educación de los niños, que hay que pagarla en todos los niveles de edad porque el sistema no es gratuito, y si además te compras un coche… el coste de la vida en la ciudad para una pareja china es enorme”.

Sin embargo, otros defienden el rol de esta ley y la necesidad de mantener los controles de natalidad bajo el argumento que ni siquiera con el crecimiento de población actual hay suficientes recursos energéticos para todos en el país.

El gobierno no es ajeno a este debate sobre el futuro de la política del hijo único y la conveniencia o no de introducir más cambios. Pero si bien el primer ministro Wen Jiabao daba a entender ante la Asamblea Nacional Popular que progresivamente se levantarían las limitaciones de la ley de planificación familiar, unas semanas después, Hu Jintao reafirmaba su postura de mantener esta política en pro del desarrollo económico.

También Li Bin, ministra para la Comisión sobre Planificación Familiar y la Población Nacional, en un artículo publicado en el diario oficial China Daily, se mostraba a favor de reformar la política familiar para alcanzar una evolución demográfica sostenible, pero no se planteaba un cambio radical o la abolición de la política del hijo único sino más bien la ampliación del sistema social para satisfacer las nuevas necesidades.

Para Zhou Minkang, estos posicionamientos no son divergentes, sino que mostrarían la línea que ya sigue el gobierno: relajar las prohibiciones en la ciudad, donde la mayoría de parejas prefieren no tener más hijos, y mantenerla en el campo, donde sigue existiendo el deseo de tener familias más numerosas. Según Zhou, esta tendencia también responde al deseo del gobierno de “incrementar el nivel intelectual del conjunto de la población, por lo que se anima cada vez más a jóvenes urbanos y con estudios universitarios a tener dos hijos”.

Adiós al núcleo familiar


La conjunción del envejecimiento de la población y de la promoción de la inmigración provoca también otros cambios sociales y culturales, como la ruptura del núcleo familiar tradicional en una sociedad en que los hijos tienen la obligación moral de cuidar de los padres.

Actualmente, más de la mitad de las personas que superan los 60 años viven solas. En las ciudades, los mayores suelen recibir pensiones, pero no así en el campo, donde muchos viven de la ayuda que les envía el hijo o hija desde la ciudad, y donde tampoco hay una red sanitaria a la que puedan acudir fácilmente. “En 2009 ha empezado a llegar la asistencia sanitaria a los núcleos urbanos más importantes de las zonas rurales como ejemplo de la expansión del sistema de asistencia social, pero quizás faltan todavía unos diez años para que esta asistencia sea efectiva para toda la población”, explica Zhou.

Como respuesta a esta situación, empiezan a implantarse centros privados de retiro para personas mayores, algo impensable en la China de varios lustros atrás. Pero esta opción es minoritaria y sólo está al alcance de unos pocos. Para evitar que queden desatendidos, Pekín se plantea aprobar una ley por la que los padres podrían obligar a sus hijos a cuidarles física y mentalmente.

Pero los ancianos no son los únicos que sufren las consecuencias de esta inmigración. Para los jóvenes que se trasladan a la ciudad, el camino tampoco es fácil. Según la Comisión China para la Población y la Planificación Familiar, la población flotante en el país ha alcanzado los 221 millones de personas. Se trata de personas que no residen en el lugar en el que están registradas en el sistema de hukou, o permiso de residencia permanente.

De ellos, 160 millones son trabajadores que han emigrado de las zonas rurales a las prósperas ciudades, y a diferencia de lo que ocurría anteriormente, ahora muchos viajan con la familia entera.

Esta población no dispone de los mismos derechos que la población autóctona, lo que genera nuevas desigualdades económicas y sociales. Para el profesor Zhou, esto no es un impedimento para emigrar porque aunque serán ciudadanos de segundo nivel durante toda una generación, “vivir en la ciudad es siempre una mejora, no pasan del 0 al 2 pero llegan al 1 y ya les compensa; la ilusión está puesta en la segunda generación, que ya disfrutará de todos los derechos adquiridos”, y añade: “Además, se sienten atraídos por la posibilidad de que en la ciudad puedan tener dos hijos”.
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