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Martes, 9 de Febrero del 2010
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Manel Ollé: “Pekín ha empezado a invertir en el campo para controlar las tensiones sociales”
Dani Triadó
20-03-2006
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“Si tuviera que elegir la característica más representativa de la China actual, optaría por su dinamismo”, afirma Manel Ollé autor de “Made in China”, un libro en el que este profesor de Estudios de Asia Oriental en la Universitat Pompeu Fabra y traductor de varios autores chinos analiza con profundidad y detalle el país protagonista del siglo XXI.

¿Qué motiva más directamente las protestas reprimidas contundentemente en el campo chino, las más recientes en Dongzhuo, en la provincia de Guangdong?

 

Protestas como las de Dongzhuo, donde se calcula que murieron seis personas, no son un hecho aislado en el mundo rural chino. El problema de fondo es el régimen de expropiación de la tierra y el poder ilimitado que tienen las autoridades locales para disponer de ella. Ello comporta un abuso con expropiaciones continuadas y sin compensaciones para las víctimas, que desemboca en el surgimiento de tensiones sociales. Estas manifestaciones son una muestra de la crisis de este mundo agrario, totalmente descolgado del avance económico chino.

 

El gobierno chino ideó las Zonas Económicas Especiales (ZEE) con la intención de crear grandes economías en zonas costeras para después redistribuir la riqueza. Pero, esta distribución no se ha materializado...

 

A principios de los ochenta, el gobierno entonces liderado por Deng Xiaoping, constituyó unas ZEE situadas cerca de los puertos más importantes como Shanghai, Hong Kong o Macao que han beneficiado a unos 200 o 300 millones de chinos que se han visto involucrados en el crecimiento económico, en la industrialización y en la urbanización. No es hasta ahora, que la política china ha comenzado en invertir estratégicamente al mundo interior. Se intenta así conseguir reequilibrar el territorio, uno de los principales problemas de la China actual.

 

Los habitantes del mundo rural no sólo no reciben los beneficios del crecimiento de la economía sino que, además, sufren consecuencias negativas, ya que se ha privatizado la sanidad y se han impuesto nuevas tasas sobre la educación. Servicios o elementos de la vida cotidiana pueden llegar a ser más caros en el mundo rural que en el urbano.

 

Estos factores acentúan la emigración del campo a la ciudad...

 

La emigración es uno de los mecanismos sociales más importantes en China. En los años cincuenta el gobierno fija el hukou, un registro civil que adscribe las personas a la localidad donde nacen y que impide su traslado de una manera libre. Pero pese a este permiso de residencia local, mucha gente emigra de forma ilegal. Entre 30 y 50 millones de personas se encuentran ilocalizables, no están registradas. Hablamos de gente que vive sin ningún tipo de permiso de residencia y por lo tanto sin estar registrado, sin tener derecho a que sus hijos vayan a la escuela, sin poder ir a los hospitales. No tienen ninguna visibilidad social.

 

¿Las protestas actuales están estrictamente vinculadas al mundo rural?

 

Actualmente hay movimientos relacionados con las revueltas agrarias o rurales y revueltas sujetas al paro. Son protestas muy explosivas porque las protagonizan personas muy desesperadas y que pueden implicar a un pueblo entero que ve cómo una parte muy importante de sus habitantes se queda en el paro. Un paro que en China prácticamente no tiene cobertura social. Se calcula que, con la entrada en la OMC y la reestructuración de la vieja industria de estado, entre 50 y 60 millones de personas tendrán que perder el trabajo en pocos años. No es de extrañar, pues, que surjan estallidos de ira colectiva.

 

En el mundo rural hay, además, dos conflictos abiertos relacionados con el nacionalismo. El primero es el de Tíbet, el otro es Xinjiang, el Turkestan chino, donde los uïgures llegaron a crear un movimiento de liberación que hacía uso de la violencia armada.

 

A principios de los 90, este grupo armado tenía un apoyo implícito en las repúblicas ex-soviéticas fronterizas con China, de mayoría musulmana, como los uïgures. Pero la política de oleoductos y la estrategia militar entre estos países y China hizo desaparecer estos apoyos.

 

¿Aceptará algún día el gobierno chino que la represión de Tiananmen fue un error?

 

Hace unos meses, el Partido Comunista hizo un Congreso reivindicando la memoria de Hu Yaobang, ex-secretario general del Partido Comunista destituido en 1987 por su permisividad con los movimientos estudiantiles. Su muerte en el año 1989, entre otros factores, provocó el inicio de la revolución estudiantil de Tiananmen que implicó a cerca de 5 millones de personas. Este Congreso ha sido interpretado como un primero y tímido paso hacía el reconocimiento que la represión brutal de Tiananmen fue un error.

 

El problema es que existe un juego de tensiones dentro del poder que aún hace difícil este reconocimiento. Tendría una repercusión demasiado simbólica. Es un tabú, no se puede hablar del tema. Los chinos muestran su incomodidad ante la cuestión porque aún no está resuelta.

 

Los estudiantes fueron los primeros en rebelarse, pero se sumaron otros colectivos sociales...

 

Los que no se sumaron a las protestas fueron los campesinos, la gran mayoría de la población china. Éste fue el factor clave que envalentonó al gobierno chino porque sin los campesinos la revuelta no se iba a imponer. En aquel momento, el mundo rural aún se veía beneficiado por el proceso económico que acababa de poner en marcha Deng Xiaoping. Al principio de las reformas de los 80, quienes más dinero ganaban eran los campesinos porque se les permitía cultivar todo tipo de productos.

 

¿Puede repetirse una revuelta de la magnitud de la de Tiananmen?

 

Hoy los estudiantes no son un sector que asuste mucho al poder porque se les ha mimado mucho más. Los universitarios chinos son unos privilegiados y muchos de ellos pueden emigrar a las ciudades. El dinamismo económico y social hace que, hoy, el de los estudiantes sea uno de los colectivos más beneficiados. China ha pasado muchas convulsiones políticas y sociales, por lo que muchos ciudadanos valoran la estabilidad y tiene miedo del caos. 

 

George Bush ha reclamado a los chinos una apertura democrática y de culto. La respuesta china fue contundente: China construirá su estilo de democracia...

 

Pekín pretende construir la democracia al estilo chino. Existe un debate latente donde se encuentran algunos dirigentes que apuntan a la necesidad, y eso sí que lo ha reconocido el gobierno, de fortalecer el poder judicial para combatir la corrupción. Pero la reforma política no está contemplada dentro la agenda del gobierno chino. Es más, existen muchos intelectuales chinos que no sólo no han articulado ninguna alternativa en este sentido sino que creen que el sistema democrático es un sistema inferior, imperfecto.

 

Los derechos civiles a China no existen, no hay libertad de expresión, de asociación ni de reunión, pero muy gradualmente se produce un relajamiento sobre el control de la sociedad. Hay un poder brutal que si castiga no tiene piedad pero, en la práctica, este poder brutal no ejerce un control constante de la cotidianeidad.

 

 


 

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