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Martes, 27 de septiembre de 2022
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Taiwán: Cómo dejar atrás la Guerra Fría
La política de afirmación del presidente Chen Shui-bian y la aspiración de Taiwán de “ingresar” en las Naciones Unidas han añadido más tensión a las relaciones entre Taipei y Pekín. El Kuomintang, que perdió el poder hace ocho años, persigue la alternancia política en la isla en cooperación con el Partido Comunista Chino, rivales históricos enfrentados en una guerra civil.
Dani Triadó 21/02/2008 El 22 de marzo de 2008, los taiwaneses están convocados a participar en las elecciones presidenciales y a responder a dos referéndums convocados por los dos principales partidos de la isla: el Partido Demócrata de Progreso (PDP), cuyos líderes persiguen la independencia, y el Kuomintang, el histórico Partido Nacionalista Chino (KMT), que considera que Taiwán aún encarna la continuidad de la República China, proclamada en 1911 tras la caída del último Emperador, Pu Yi.

En sendas consultas populares, las dos formaciones preguntan a la población si Taiwán debe o no tener representación propia en las Naciones Unidas pero se distancian una de otra a través de dos formulaciones distintas: el PDP propone el “ingreso” en la ONU bajo el nombre de República de Taiwán, mientras el KMT, remite al término “regresar”, una diferencia de alto contenido simbólico.

Sin embargo, ambos partidos saben que “es inviable el ingreso en la ONU”, afirma Xulio Ríos, director del Observatorio de Política China (IGADI - Casa Asia). “La consulta, en realidad, sirve para medir el respaldo social del independentismo y eso supone añadir tensión en las relaciones en el estrecho”, ratifica Ríos.

La última legislatura del presidente Chen Shui-bian, con altas dosis de retórica independentista, se ha caracterizado por iniciativas de carácter simbólico como la retirada de las estatuas de Chiang Kai-shek, líder histórico del KMT, de los cuarteles, el intento de reformar la constitución de Taiwán o la eliminación del Consejo de Unificación Nacional, institución creada para estudiar las vías de una posible reunificación.

China ha advertido siempre que no permitirá la independencia de la isla y han avisado a Taipei en más de una ocasión de que algunas de sus iniciativas ponían en peligro la seguridad de la región. Lo que quizá no advertía el presidente Chen es que su retórica independentista “ha acabado hastiando a gran parte de la población, que ha sufrido un desencanto de la política”, en palabras de Pablo Pareja, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Barcelona y experto en el análisis de las relaciones Taiwán-China.

Esta sensación de hastío se tradujo en las elecciones parlamentarias de enero de 2008 en una abultada y severa derrota del PDP a favor del KMT. Esta formación, que ha recuperado la mayoría absoluta en el Parlamento, ha consolidado una nueva etapa, insólita hasta el momento, en sus relaciones con el Partido Comunista Chino (PCCh).

El doctor Minkang Zhou, del Instituto de Estudios Interculturales e Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona, afirma que “en el seno del PCCh se produjo una gran sensación de alivio cuando el PDP perdió las elecciones parlamentarias” y recuerda que los líderes chinos “dan su apoyo al KMT para frenar la independencia”. Ese apoyo se ha visto refrendado con diversos gestos, como la histórica visita en 2005 del entonces presidente de los nacionalistas, Lien Chan, a China, cuando se entrevistó con dirigentes comunistas por primera vez desde 1949.

En este sentido, Xulio Ríos considera que “la cooperación entre el KMT y el PCCh ha sido el mayor acierto político en las relaciones bilaterales en los últimos años”. Según el director del Observatorio de Política China, esta relación “ha contribuido a calmar los ánimos y ha favorecido el establecimiento de numerosos vínculos entre la isla y el continente”.

Ante el futurible escenario de que el candidato del KMT en las presidenciales de marzo, Ma Ying-jeou, se alce con la victoria, Byron Weng, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Yale y en la Universidad Nacional de Chi Nan, en Taiwán, sostiene que “podría darse una política de menor confrontación que la que ha instaurado el PDP”.

“El KMT no dudará –sostiene Weng– en aumentar los contactos y las posibilidades para un intercambio directo de puntos de vista con Pekín, pero la negociación política no está aún en la agenda”.

A todo esto, a pesar de los dos referéndums y de la alternancia política de la isla, no se vislumbra una alteración del “status quo” de Taiwán.

Es más, “el mantenimiento del ‘status quo’ es la mejor y más probable opción”, constata el profesor de las universidades de Yale y Chi Nan. “Los costes y los problemas de una reunificación prematura –añade Weng– no le son anodinos a Pekín. Del mismo modo, Taiwán no puede costearse la independencia”.

Aliado histórico de Taipei, Washington desea el “status quo” indefinido, según Xulio Ríos, porque “este hecho le brinda la oportunidad a Estados Unidos de ejercer de árbitro en la región”. El profesor Pablo Pareja recuerda que mientras exista el conflicto, Washington podrá seguir manteniendo desplegados sus soldados en la zona, en una situación similar a la del conflicto entre Corea del Norte y Corea del Sur.

El doctor Zhou opina que la situación actual es la más idónea para ambas partes, al menos “durante los próximos cincuenta años. Pasado este tiempo, habrá una nueva generación, nuevos factores y otra mentalidad”. “Su independencia oficial ahora –concluye– perjudicaría no sólo a la isla, sino a Estados Unidos, a Japón y a China”.

En este sentido, Xulio Ríos afirma que “en las próximas generaciones, los nuevos taiwaneses irán alejándose del continente, a no ser que Pekín promueva reformas políticas profundas”. Según Ríos, la evolución en el continente podría flexibilizar posturas o admitir fórmulas de tipo federal o confederal, que no hoy no se contemplan en la agenda.

Conscientes de la oportunidad que representa la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín en agosto de 2008, cuando China centrará la atención internacional, los independentistas taiwaneses, así como otros sentimientos nacionalistas o étnicos como en Tíbet o los uigures, intentarán llamar la atención del mundo.

Ante ello lo más probable es que Pekín “suavice la retórica, pero no habrá un cambio en la política de fondo”, alega Pablo Pareja.

Sesenta años de separación


La guerra civil china que enfrentó al Kuomintang y al PCCh entre 1927 y 1949 –con una obligada tregua de nueve años ante la amenaza imperialista japonesa– concluyó con la victoria comunista frente al ejército nacionalista comandado por Chiang Kai-shek.

Éste, junto a más de dos millones de partidarios, se exilió a Taiwán, donde erigió el gobierno en el exilio que encarnó la continuidad de la República China.

El fin de la Segunda Guerra Mundial daba paso a la Guerra Fría, el mundo bipolar en el que la isla se convirtió durante décadas en un importante espacio estratégico de Estados Unidos en el Pacífico ante la necesidad de contener el comunismo chino. Washington se estableció como el máximo aliado internacional de Taipei, un apoyo refrendado económica y militarmente, hecho que imposibilitaba la reunificación pacífica.

El inicio de las reformas económicas de Deng Xiaoping supuso también el inicio del fin de la razón de ser de Taiwán: una economía capitalista frente las costas chinas. La paulatina apertura internacional de Pekín condujo a las Naciones Unidas a aceptar el ingreso de la República Popular China en 1971 en sustitución de la República China (Taiwán), cuyo gobierno, desde entonces, ha ido perdiendo aliados internacionales.

El desarrollo chino obligó a los líderes del Kuomintang a iniciar una transición democrática que culminaría con la llegada al poder en 1988 de Lee Teng-hui (KMT), el primer presidente de Taiwán nacido en la isla. Su mandato se caracterizó por los avances democráticos y el llamado Movimiento de Localización, una iniciativa destinada a enfatizar la cultura e historia propias de la isla por encima de su representación como parte de China.

Sólo dos años antes de la elección de Lee como presidente se fundaba el Partido Demócrata de Progreso, formación que representa las aspiraciones independentistas de gran parte de la población taiwanesa, duramente reprimida tras la llegada del Kuomintang a la isla.

Con el liderazgo de Chen Shui-bian, los independentistas se alzaban con el poder en el año 2000. Con la pérdida de la presidencia 52 años después de su llegada a la isla y con la amenaza independentista del PDP, el Kuomintang ha optado por una estrategia de acercamiento a Pekín de mayor alcance que la cooperación que condujo a ambos bandos a crear diferentes organismos que tenían como objetivo estudiar la posible reunificación.

La tensión política no ha impedido, sin embargo, la instauración de unas relaciones económicas óptimas entre ambos lados del estrecho. Jules Nadeu, en el “Estado del Mundo. Anuario geopolítico mundial 2008” constata que “en 2006, ambos lados registraron un aumento anual del 18 % de su comercio, con unos beneficios de 107.000 millones dólares a favor de Taiwán”.

A todo ello hay que añadir avances como la reanudación de los vuelos directos entre la isla y China, prohibidos en 1949. El primer paso se dio en febrero de 2005, al permitir el primer vuelo sin escalas durante la celebración del Año Nuevo Lunar. Los últimos años los acuerdos se han extendido.

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