economía, política y cultura de Asia
Miércoles, 17 de agosto de 2022
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Pekín cierra el Tíbet a la mirada exterior
El gobierno chino impide a los extranjeros acceder al altiplano en el aniversario de la revuelta
tibet 2 Ana Fuentes/Kangding (China) Pese a que Pekín lo desmiente, tanto Tíbet como las provincias con población tibetana están vetadas a extranjeros por el aniversario de las revueltas en Lhasa de 2008. Ya sean viajeros o periodistas, el ejército chino los obliga sistemáticamente a marcharse.

La carretera que conecta la provincia china de Sichuan con los primeros pueblos de Tíbet serpentea entre montañas. Al fondo se ven cimas nevadas, mantos de flores amarillas, cactus y el agua del primer deshielo de los glaciares. A pie de asfalto, apostados en cada curva, cientos de militares con metralletas.

El autobús avanza renqueante a una media de 25 kilómetros por hora. Delante de cada pueblo, un camión del ejército bloquea el paso obligando a frenar al conductor. Los soldados suben y registran sólo a los pasajeros extranjeros. Revisan los visados sin mediar explicación. “Coopere, estamos haciendo nuestro trabajo”, increpan. Al preguntar al resto de viajeros por el motivo de estas redadas, nadie dice saber nada. “No hay problema, aquí todo va bien”, responde uno. Y se ríe, nervioso.

Aparte de la Región Autónoma de Tíbet, Sichuan fue la provincia china más afectada en 2008 por las revueltas que se iniciaron en Lhasa el 14 de mayo. Un año más tarde, Pekín la ha sembrado de militares para evitar que se repitan incidentes. Desde el terremoto que arrasó Sichuan en mayo del año pasado no se había visto semejante despliegue del ejército.

Tras diez horas y media, el autobús para en Kangding. Esta ciudad es la primera de la prefectura autónoma tibetana de Ganzi y perteneció a Tíbet hasta 1949. Por ella pasan los tibetanos que viajan hacia Chengdu.

De las antiguas casas tibetanas queda poco. Plagada de grúas, la ciudad se prepara para el turismo: hoteles de hormigón que imitan las construcciones autóctonas, senderos artificiales en medio del bosque y karaokes, diversión estrella para los chinos de etnia han.

Pese a que sobran habitaciones, al extranjero le cuesta alojarse. “No podemos acoger a nadie de fuera, acabamos de abrir y todavía no nos han llegado las hojas de registro oficial”, se excusa la recepcionista del motel contiguo a la estación. Finalmente accede, después de pedir permiso a la policía local.

Los agentes no tardan en trasladar a los extranjeros a comisaría para interrogarles. “¿A qué se dedican? ¿Por qué han decidido venir aquí a hacer turismo con el frío que hace?”, pregunta uno de los jefes. “En esta época aquí no hay nada que ver”. No entienden la información escrita en los visados, así que terminan por fotocopiar varias hojas de los pasaportes.

Al anochecer, los restaurantes de carretera se llenan de transeúntes, muchos de ellos tibetanos. “A nosotros también nos molesta la policía, igual que a los extranjeros”, se queja una mujer que viaja con su hija de seis años. Desde Lhasa hasta Kangding han tardado cinco días en autobús y está muy mareada. La pequeña, llena de mugre, juguetea con una serpentina de colores. Pasarán la noche en un bar hasta que salga su autobús a Chengdu.

Forzados a marcharse

La estancia de los periodistas en Kangding será corta. De vuelta al hotel esperan de nuevo los agentes. Les acompañan tres funcionarios locales. Tras las preguntas de cortesía, espetan: “Tienen que cooperar. Atravesamos un momento muy tenso y hemos recibido órdenes para que abandonen la ciudad mañana”.

De hecho, ya lo han preparado todo: los extranjeros tienen billete de vuelta a Chengdu para la mañana siguiente. “Sentimos mucho las molestias, son momentos malos. Estamos haciendo lo mismo con todos los extranjeros que han venido a Kangding estos días”, se excusa Zhang Lijuan, del departamento de Exteriores de la prefectura local. Eso sí, evita cuidadosamente mencionar la causa de la expulsión. Tampoco aclara por qué contradice la voz oficial, ya que Pekín insiste en que uno puede moverse libremente en las provincias aledañas a Tíbet.

Por la noche cientos de militares patrullan la ciudad. Son las imágenes que el gobierno local trata de evitar que los extranjeros presencien.

Durante la vuelta a Chengdu se repiten los controles policiales, aunque esta vez incluyen a los tibetanos. El ejército toma nota de todos los nombres. Con la metralleta en una mano y el teléfono móvil en la otra, un paramilitar fotografía los pasaportes de los extranjeros y se lleva durante un momento los documentos de identidad de dos ancianos tibetanos.

En el autobús se nota la tensión. Los chinos vuelven a hacer ver que no saben nada, pero entre susurros comentan lo ocurrido en mandarín. Al llegar a Chengdu, envuelto en niebla, nadie parece extrañarse de que las calles estén llenas de coches patrulla.
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