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Lunes, 16 de septiembre de 2019
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Ma Jian: “La función de un escritor es denunciar las injusticias sociales”
El escritor chino Ma Jian, afincado en Londres, compartió un mes con los estudiantes de la Plaza de Tiananmen pocas semanas antes de que el ejército acabara por la fuerza con el movimiento prodemocrático. Mondadori publica ahora “Pekín en coma”, su última novela, un alegato del derecho a recordar y un detallado mosaico de los hechos que rodearon ese triste 4 de junio de 1989.
Ma Jian Eva Queralt 14/11/2008 El protagonista y narrador de "Pekín en coma", Dai Wei, es un joven que queda en coma por una bala disparada por el ejército en Tiananmen. Durante diez años permanece en estado vegetativo y al cuidado de su madre, que no recibe ninguna ayuda por ser su hijo un disidente. Dai, sin embargo, percibe todo lo que ocurre a su alrededor y a lo largo de la novela alterna el presente con el recuerdo de sus vivencias, desde que era un niño hasta el momento en que un tiro le deja paralizado.

Ma Jian se salvó precisamente de la represión en Tiananmen porque tuvo que salir de Pekín para ver a su hermano, que había sufrido un accidente y había quedado en coma. Junto a él, pensó que tenía que escribir un libro que fuese testigo de la historia reciente y que reclamara el derecho de la gente a recordar. Las obras de Ma Jian están prohibidas en China.

El protagonista de la novela está en coma diez años y despierta en 1999. ¿Su despertar representa el despertar de China?


El personaje de Dai Wei, que está en estado vegetativo, representa una vuelta al origen. Como dispone de mucho tiempo, realiza una retrospección sobre su vida. Sus estímulos son sólo auditivos, pero hasta cierto punto son más auténticos que los del resto de la sociedad que vive en la pura propaganda del gobierno. Se encuentra en estado vegetativo, pero a la vez vive más intensamente que otras personas, como se ve en comparación con su madre. Ella vive en la vida real pero su espíritu se va apagando poco a poco y al final se vuelve casi loca. Es un paralelismo cruzado, el personaje en estado vegetativo se encuentra a si mismo y al final se convierte casi en el único superviviente de una sociedad que está inmersa en una vorágine materialista, mientras su madre se queda sola y pierde el apoyo tanto de la sociedad como del partido.

¿Quiere decir que vive mejor Dai Wei en coma que su madre viva?

He reflexionado mucho sobre cómo una persona puede sobrevivir a una dictadura y creo que sólo hay dos formas de salir adelante: con la indiferencia o con la mentira. El mismo régimen te está mintiendo continuamente y te tienes que adaptar a las mentiras o ser indiferente a lo que te pasa. Dai Wei, al no ser esclavo de ninguna opresión social o política, paradójicamente goza de una libertad espiritual que le permite percibir más nítidamente cómo es la sociedad en sí.

¿Cómo ve la evolución de China después de los hechos de Tiananmen?

El país tomó un camino aberrante. Después de la matanza, mucha gente del propio Partido [Partido Comunista de China] dejó de creer en el comunismo, ya que muchos de ellos estaban a favor de este movimiento estudiantil, que no pedía la caída del gobierno sino sólo una apertura política. Como se cerró la posibilidad de una reforma democrática del Partido, para muchos la única salida fue buscar el éxito económico, por lo que se convirtieron en dirigentes empresariales y hombres de negocios. Lo material es lo único que interesa al pueblo chino y esto ha propiciado un gran auge económico paro carente de espíritu de fondo.

Usted es unos diez años mayor que los estudiantes de la Plaza de Tiananmen, pero vivió junto a ellos varias semanas. ¿Cómo vivió esa experiencia?

Estuve un mes en la plaza y vi que, contra lo que dijo el Partido, no fue una ingerencia o manipulación del extranjero sino que se trataba de un movimiento espontáneo para pedir más transparencia y democracia dentro del Partido, sin intención de derrocarlo. Para mí, ese ha sido el período de más libertad de opinión en China. Durante unos meses la gente podía decir alegremente lo que quisiera sobre el mundo, la sociedad, el Partido... no había pasado ni antes ni después de ese período. Y veía a la gente alegre, con esperanzas. A pesar de que al final fracasó, durante el tiempo que estuve, experimenté una gran alegría porque veía que el pueblo estaba entusiasmado y que la gente tenía sus propias opiniones.

¿Cómo le influyeron esos hechos?


Lo que más me impactó, más allá de cómo el movimiento fue masacrado, fue el terror que el régimen imprimió a posteriori, la caza de brujas. Las mismas personas que habían ido a la plaza a ayudar a los estudiantes o a llevarles comida, una semana después acompañaban a la policía a las casas para buscarles y detenerles. Esto muestra cómo un régimen totalitario puede influir en un pueblo, haciéndole perder la noción de qué está bien y qué está mal. Por eso decidí que mi misión en la vida sería proclamar la maldición de las dictaduras, que consiste en hacerte perder tu propia identidad. Lo más peligroso es la aniquilación de la persona.

En la novela usted presenta unos estudiantes que convierten el movimiento en una lucha de poder y crean múltiples estructuras burocráticas. ¿Cree que les faltaba preparación y les sobraba ingenuidad para conseguir sus objetivos?

Evidentemente los estudiantes representaban el mundo real, con toda su diversidad. Hubo ambiciones, codicias, mala organización… pero es porque fue algo espontáneo que reunió a gente de diversa índole. De hecho, en la novela describo a protagonistas del movimiento que tuvieron diferente suerte: unos murieron, pero otros se fueron al exilio y otros prosperaron incluso en el Partido. Esto demuestra que no fue un problema de ingenuidad sino de que en ese momento histórico coincidieron muchas personas. Tampoco quiero idealizarles porque no eran ángeles y sí que había gente que iba por fines propios, pero quiero dejar claro que eran patriotas y no querían derrocar al régimen sino frenar su corrupción. Veinte años después, precisamente, la corrupción se ha multiplicado enormemente y, si se sigue esta tendencia, acabará destruyendo al propio Partido. Parece que la historia esté dando la razón a los estudiantes.

A pesar de tener su obra censurada usted puede entrar en China de vez en cuando. ¿Cómo ve a los jóvenes chinos de hoy en relación a esa generación?

Ahora son mucho más inocentes que hace veinte años. Han nacido y crecido bajo la bandera china y confunden el Estado con el Partido, para ellos todo es la misma cosa. Incluso puedes ver en occidente muchos estudiantes chinos que están orgullosos del Partido Comunista y están en contra de la democracia porque ven la decadencia del mundo occidental y creen que la única forma de prosperar y fortalecer el país es a través del autoritarismo. Esto demuestra lo ágil que ha sido el Partido con las reformas económicas, que han hecho que la gente tenga una vida económicamente fácil y pueda consumir, así que están contentos con sus vidas a pesar de no tener participación política.

¿Ve alguna posibilidad de cambio en este sentido?

Veo francamente difícil cambiar a esta generación, sólo el contacto continuo con el exterior puede aportar mentalidades nuevas a este conflicto, pero será un proceso muy lento. El mayor problema que veo en la juventud china es la falta de creencia, igual que pasa dentro del Partido, que ya no cree en el comunismo a pesar de su nombre. China se ha convertido es un país que basa su funcionamiento en la riqueza económica y en la violencia del Estado y los jóvenes sólo pueden optar por uno de estos dos caminos.

En la novela se reflejan algunas de las consecuencias de la preparación de los Juegos Olímpicos, como la destrucción de barrios. Ahora que ya se han celebrado, ¿cree que han sido positivas para el país?


Para el Partido han ido bien, porque han sido un gran escaparate en cuanto a organización, como es típico de un régimen autoritario. Por ejemplo, cerrar las fábricas de los alrededores de Pekín para frenar la contaminación sólo lo puede hacer una dictadura. Pero para la población no han sido positivas. Primero porque la gente no ha participado de los Juegos, todos eran actores. Pero además, la gente de bajos fondos, como las prostitutas, han sido expulsados de la ciudad y muchos disidentes también han sido invitados a salir de Pekín durante unos meses. Han sido los Juegos del Partido, pero sin ninguna implicación popular.

Hoy parece que hay dos literaturas chinas, la del exilio, más difundida y traducida, y la del interior del país, que nos llega menos. ¿Qué opina de la literatura escrita dentro de China? ¿Cree posible crear en libertad dentro de un sistema como el chino?

Es difícil hacer literatura en China porque con tanta censura y tantos años de represión la gente opta por autocensurarse, se aniquila su propia conciencia. Esto no quita que se hagan buenos cuentos, pero no pueden impregnar un fondo espiritual a la creación. Para mí, la función de un escritor es denunciar las injusticias sociales y, cuando esta faceta está cubierta, puedes hacer literatura, pero siempre debes levantar la voz y ser portavoz de los más débiles y necesitados, y en China esto no lo puedes hacer. Hay gente que aguanta esta situación y vive muy bien dentro del régimen, pero renunciando a su propia ética. Es algo que yo no podría hacer y por ello prefiero vivir en el exilio.
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